En compañía de lobos

Texto y Fotos: Dan Miller
Publicado en el número 78 de Snowplanet Magazine.
Me gustaría decir que los aullidos que se oyen fuera provienen de las botellas de cerveza chocando y del follón indisciplinado de una juerga pasada por alcohol, pero estaría mintiendo. En lugar de eso, el inconfundible lamento de los lobos se alza desde la oscuridad, un sonido verdaderamente enervante que nos despereza de la modorra. Es la primera vez que oigo lobos en libertad (al menos la primera vez que me doy cuenta) y a pesar de que el agotador día con las motos de nieve me ha tumbado, salto de mi saco de dormir para apretar la cara contra la ventana y escudriñar la oscuridad. Estoy emocionado, pero teniendo en cuenta que nos hemos adentrado 90 km en los bosques de Canadá, también un poco inquieto por la posibilidad de convertirme en la cena antes de que acabe mi estancia aquí de cuatro días. Perdón si parezco un poco blando, pero ser comido es un concepto bastante “marciano” para alguien nacido en Miton Keynes. El viaje en el que tomo parte tiene la intención de ser otro capítulo del proyecto de dos años de duración llevado a cabo por Jeremy Jones, “Deeper”: usar las splitboards para llegar al backcountry es la manera menos intrusiva, llegar a los confines de nuestras posibilidades físicas y mentales, encontrar nuestros límites en el “big mountain riding” y llevarlos más lejos. Ya me entendéis. No salió como esperábamos.

En lugar de eso, motos de nieve de 800cc suben nuestros culos por laderas de pendiente imposible cerca de Gold, B.C., ylas splitboards están enganchadas irónicamente en el transportín. Por supuesto estamos pillando powder en lo más profundo de ninguna parte, pero las splits están montadas y las pieles de foca ni siquiera están a la vista. Al menos la cabaña en la que nos acurrucamos cada noche sí que está llevando más lejos nuestro límite mental. Cuando Jonaven Moore propuso que nos alojáramos en “una la cabaña de tramperos” de un amigo suyo, me imaginé una resplandeciente y rústica cabaña adornada con viejos cacharros canadienses y cacerolas de bronce, una mecedora en el porche, una colección de pipas de fumar y todo ese tipo de cosas. Donde acabamos metidos es en una auténtica cabaña de tramperos llena de cacharros de tramperos: pistolas, trampas de metal para animales y trozos sueltos de piel. La familia de Jason Baun, rider local y nuestro anfitrión, tiene los derechos para poner trampas en esta zona, y me explica como atrapar martas y como la semana pasada “accidentalmente” atrapó un lobo. “Pensé que era un lobezno, estaba muy conmocionado. Tuve que disparar deprisa.” No tuve coraje para preguntarle como se caza “accidentalmente” un lobo, por qué el gobierno canadiense te paga 50$ por cada uno que matas, o si suelen volver para vengar la muerte de sus seres queridos. Por el motivo que sea, me siento incómodo con mis sensibles principios vegetarianos. Pero justo al otro lado de la puerta, o al menos a veinte minutos de moto de nieve en dirección al abismo, se encuentra un terreno épico: palas con mucha pendiente al estilo Alaska, las clásicas líneas de pillows y veinte kilómetros cuadrados de glaciar en movimiento. “Que fácil es venderse cuando tienes 60 cm de polvo en la puerta de tu casa”, murmuro.

Hemos estado todo el día haciendo rondas en líneas en pillows, usando dos motos para remontarnos hasta el comienzo de las cortas bajadas. Para mí se aleja bastante del “big mountain riding” por el que vine a Canadá, y al contrario que en el resto de viajes para “Deeper”, en los que he tomado parte, no es el terreno lo que está poniendo a prueba mis nervios y mi habilidad, sino el arte de manejar 300 y pico kilos con un motor de dos tiempos a través de un terreno desafiante. Romper la moto costaría unos 10.000$ así que estoy aprendiendo, y rápido. Pero rebobinemos un poco. La razón por la que hemos cambiado las splits por las motos es el riesgo de avalanchas. Ahora mismo el manto nival en todo el interior de B.C. es muy inestable, hasta el punto que cualquier pala con suficiente pendiente se cortaría, en cualquier momento y de cualquier manera. Sólo una semana más tarde, cerca de Revelstoke, a 70km, dos personas murieron cuando dos motos de nieve que tomaban parte en una competición provocaron una gigantesca avalancha que arrasó al público asistente. Definitivamente con esta inestabilidad no íbamos a jugar, teniendo en cuenta que el terreno que buscábamos es muy empinado y está bien lejos. Por desgracia este es el tipo de terreno que se necesita para las filmaciones del proyecto “Deeper”, así que los dos “big mountain riders”, Jeremy Jones y Jonaven Moore, comprensiblemente se han marchado de esta sesión dejándome con el filmer Garry Pendygrasse y los riders Jason y Johan Olofson, para buscar líneas más pequeñas y más seguras donde ripar y filmar.
Salimos con las motos cada mañana, yendo a fondo a través de la planicie del valle antes de comenzar un slalom zigzagueante a través del bosque. Es un desafío de habilidad para el equilibrio que es todavía más complicado ya que viajamos dos personas en cada moto. Encontramos líneas divertidas para hacer unas rondas con seguridad en el interior del bosque, saltándonos rollers y pasando entre abetos. Las rondas con las motos son rápidas y las subidas en polvo con ellas son casi igual de excitantes que las bajadas con la tabla. Sin estas potentes máquinas seríamos como salmones fuera del agua: hemos conducido a través de 60 km por una carretera destrozada y helada, después subido con las motos y remolques con el material 30 km más, hasta la cabaña desde la que todavía hemos de usar las motos para llegar a la zona en la que hacemos snowboard. Con las splits esto habría sido una misión para un mes.

Hay un momento en el que estoy esperando a que me recojan y desmonto la split para “foquear” hasta la huella de las motos. Durante veinte minutos estoy perdido en el silencio del bosque, y el ritmo pausado de mi ascenso me permite empaparme de la belleza que me rodea por primera vez. Entonces, con el sonido de un motor estoy de nuevo en la moto y de repente vuelvo a surcar a 80 km/h, sin ningún esfuerzo, el glaciar. Por encima de los bosques la inmensidad de Canadá se pone de manifiesto; glaciares tambaleantes y escarpados picos se desparraman alrededor de nosotros. Conducimos a lo largo de una cresta segura de la morrena terminal del glaciar, buscando líneas cortas y parando por el camino para fotear un par de drops. Cuando me encuentro llevando yo solo la moto y comienzo a cogerle el truco me doy cuenta de las posibilidades que tienen “estos bichos” en powder y lo adictivas que pueden ser. Trato de equilibrar mis pensamientos, que se debaten entre un sentimiento de culpabilidad provocado por la consciencia ecológica que rige mi vida y el embriagador remolino de endorfinas provocado por los 300hp que tengo en la empuñadura.
De vuelta en la cabaña cargamos la estufa de madera, hacemos leña, servimos un poco de te y ponemos las botas frente al fuego para que se sequen. Sin cobertura para el móvil ni electricidad, la vida es más fácil; cuatro tíos en mitad de ninguna parte rodeados de lobos. Charlamos sobre el día y discutimos las opciones para el siguiente. En la parte alta de la cresta de la morrena hemos visto algunas líneas enormes, estilo Alaska, pero la inestabilidad de la nieve las mantiene fuera de nuestro alcance: se mira, pero no se toca. Llevamos otros dos días haciendo líneas en pillows, yendo un poco más lejos cada vez antes de que el polvo comience su transformación en nieve primavera. De todas maneras nuestros depósitos de comida están casi vacíos y la cerveza se ha acabado, así que enganchamos los remolques a las motos y más tarde las subimos a las pick-ups para retirarnos a Golden, donde los cafés con leche de soja orgánica contrastan con las cervezas que nos hemos bebido en la cabaña los días anteriores. Tenemos radar y mensajes en el móvil otra vez. Hay una tormenta en camino y va a descargar sobre las montañas de la costa. Motivo suficiente para retomar el plan de las splits. Esa tarde hacemos el equipaje dejando a Justin sacando brillo a su pistola, y conducimos de vuelta a Pemberton para comenzar con el plan de las splitboards de nuevo.
El interior de B.C. está plagado de cabañas de esquiadores de “backcountry”. A algunas llegas en helicóptero y a otras en una re-trak. Ninguna de las dos maneras será la que usemos las próximas dos jornadas. Hemos pasado un par de días viendo llover en Pemberton, dejando que la nieve se acumule en las montañas, y ahora nos disponemos a foquear con nuestras splits durante noventa minutos hasta la cabaña. Pasamos el día reuniendo el material que necesitamos para nuestro próximo viaje, y salimos tarde hacia el paso que nos conducirá hasta el Duffy Lake Road. Llevamos material para hacer fotos y filmar, sacos de dormir, comida, ropa y algunos troncos para hacer leña, en unos trineos de plástico que hemos convertido en remolques para carga atándonoslos a la cintura con arneses de escalada. Aun con el esfuerzo adicional de arrastrar el material es reconfortante usar las splits de nuevo. Probablemente una moto tardaría unos quince minutos, y por un momento tengo la tentación de preguntarle a Garry si alguien nos llevaría. Pero en cuanto estamos de camino, sentir la tranquilidad del entorno hace que me alegre de no haberlo hecho. Nuestra cabaña es una construcción totalmente ilegal, construida por esquiadores de backcountry. En recuerdo de un esquiador que murió en una avalancha la han llamado “La cabaña de Keith”. Al ser ilegal la han escondido bien en el bosque, alejado del cortafuegos por el que avanzamos. En cuanto comienza a oscurecer Garry admite que nunca ha estado antes en esta cabaña y me pregunto si tendremos que acabar haciendo un agujero en la nieve para dormir. Pero Garry es “local” y tiene instinto para estas cosas; justo cuando la oscuridad domina totalmente a la luz del día llegamos a un claro en el bosque en el que encontramos la cabaña: una sencilla construcción en forma de “A”, de unos cinco metros cuadrados.
Estamos solos y la cabaña sumida en la oscuridad. Encendemos la estufa de madera y al instante la cabaña se llena de un denso humo. Parece que la chimenea está atascada por el hielo, que irá desapareciendo durante los próximos dos días, pero nunca antes de un humo asfixiante cada vez que la encendemos. El olor a madera quemada me acompañará todavía dos semanas más tarde en mi vuelo de vuelta a casa. Hacemos te, abrimos una botella de brandy y devoramos la comida de acampada antes de desenfundar los sacos de dormir y los aislantes para pasar una de las noches más plácidas de mi vida. Como no hay tramperos de los que vengarse, los lobos brillan por su ausencia.
Amanece cuando estamos preparando el desayuno y llegan Jonaven Moore y Dave Basterrechia, que comenzaron a foquear cuando despuntaba el sol. Aquí las montañas no han visto disminuir la cantidad de nieve, y es la primera nevada más decente en mucho tiempo. Fuera de la cabaña hay medio metro de polvo fresco: perfecto para el terreno que, de acuerdo con lo que ha visto Garry en el Goggle Earth, está a una hora de camino. Nos zampamos unos bagels (panecillos con forma de donnut) para desayunar, metemos algo de ropa extra en la mochila y montamos las pieles en las splits. Después de la aventura en la cabaña de Justin se hace raro no lanzar la pierna por encima de la moto de nieve, y según comienzo a andar no me siento tan entusiasmado por el desafío energético que tenemos por delante. Aun así, sé que dentro de una o dos horas, cuando estemos en lo más alto del tubo al que queremos darle, una camiseta mojada será un pequeño precio por lo bien que nos lo vamos a pasar. Nadie finge que usar las splitboards es fácil, pero es mucho mejor que usar las raquetas con la tabla en la espalda, sobre todo cuando tu mochila está ya llena con unos cuantos kilos de material de fotografía, una pala, una sonda, comida, etc. De todas maneras es sorprendente lo rápido que avanzas con la split, y cuando hay una huella hecha es una auténtica autopista que puedes usar una y otra vez. Subir por las mismas laderas por las que vamos a bajar significa que tenemos que leer la nieve, ver como se han formado sus capas y asegurarnos de que está estable. Esta es un de las razones por las que Jonaven Moore y Jeremy Jones se han convertido en entusiastas del splitboarding. Pueden hacer pruebas sobre el terreno, imposibles desde un “heli” o una moto de nieve.

El tiempo está loco y alterna claros de sol con tormentas de nieve por las que zigzagueamos en nuestra aproximación final al “couloir” que hemos elegido para hoy: una buena bajada de 800 m con 40º de inclinación, encajada entre dos paredones. En una moto podríamos haber subido esta pala en cuestión de minutos, pero la aproximación por el bosque plagado de pillows habría sido un desafío incluso para conductores expertos; no estoy seguro de no haber destrozado la moto con mis rudimentarios conocimientos sobre su uso, en un sitio como este. Estoy más contento con mi splitboard, aunque tenga que abrir huella sobre medio metro de polvo.
Al comienzo del canal hacemos una pequeña cata de nieve para asegurarnos de la estabilidad y decidir sobre la línea de bajada. Por encima de nosotros vemos otras caras que resultan tentadoras pero están expuestas sobre los paredones de los lados del canal, así que decidimos no ir a por ellas. Dave se decide por una entrada por el lateral del canal, debe pasara por una pala de 50º de pendiente que se va estrechando hasta un paso de cuatro metros de ancho en la roca. Tardamos media hora en encontrar un sitio entre los árboles desde el que se vea si la línea que ha elegido Dave tiene salida, pero en cuanto vemos que es así está listo para dropear. Dave fue rider de Santa Cruz hace unos años y ahora está disfrutando del backcountry. Aquí está en casa y hace que su línea parezca muy fácil, levantando enormes estelas. Desaparece de nuestra vista antes de aparecer de nuevo como si hubiera sido disparado por un cañón desde el canal. El siguiente en darle es Jonaven Moore, que lo hace por la parte central del corredor desde arriba, encadenando giros tranquilamente. Le veo desde mi posición privilegiada, encaramado entre los árboles sobre el cortado de uno de los lados , mientras desliza en su camino hacia el canal. Está estrujando hasta la última gota de diversión, como si quisiera una recompensa por las dos horas de esfuerzo que nos ha costado llegar hasta aquí. Cuando bajo yo junto a la huella que ha dejado, el corredor parece tener más pendiente de la que me parecía desde arriba. Gano velocidad confiando en el paquete por el que he foqueado toda la tarde, dejo correr mi tabla, cada vez más rápido hasta la salida del canal. Es la mejor bajada de todo el invierno. Puede que sea por la nieve, puede que por los 800 metros de pendiente perfecta, quizá sea la sensación de recompensa de nuestros esfuerzos o quizá la combinación de todo ello, por lo que siento esto. Para cuando saltamos las últimas líneas de pillows y serpenteamos de regreso a nuestra cabaña todavía estamos sudorosos pero sonrientes . Sacudimos la nieve de nuestras botas, entramos en la cabaña y encendemos la estufa. Cuando cae la noche llegan a la cabaña diez esquiadores que vienen a pasar el fin de semana. Catorce personas y todo el equipo han de apretarse mucho en una cabaña así, y cuando un poco más tarde hemos compartido hasta la última gota de alcohol y desenrollamos los sacos no hay ni un centímetro de espacio libre. Hemos contado batallitas y relatado historias sobre días épicos en el backcountry. Iluminado sólo por la estufa y acompañado por un coro de tíos barbudos roncando caigo en un profundo sueño, feliz de escapar de los confines de la normalidad de nuevo, de haber llenado de simplicidad estos días. La vida es fácil si sabes donde buscar. Y no es mucho más fácil que splitboards y cabañas.
Texto y Fotos: Dan Miller
Publicado en el número 78 de Snowplanet Magazine.




